Todo el mundo ha visto alguna vez esas bicicletas de las que voy a hablar. Es un fenómeno que he observado no sólo en mi ciudad, no sólo en España, si no también en otros países europeos por los que he viajado estos últimos años. Son bicicletas de todo tipo: nuevas, viejas, baratas, caras, de paseo, de montaña, trastos enormes, infantiles... Su nexo es que han sido abandonadas a su suerte en cualquier lugar de las ciudades, encadenadas al mobiliario urbano: una farola, una señal de tráfico, un banco, un árbol...
Al principio pensaba que podía tratarse de mala suerte. Uno aparca la bicicleta porque tiene prisa por algo y luego no recuerda que la ha dejado en la calle. Pasan varios días, alguien se da cuenta de que nadie la mueve y en cuestión de días (a veces, muchos días), la máquina va siendo despojada de todo aquello que puede desprenderse sin esfuerzo: ruedas, sillines, sirgas varias, pedales... de forma que al cabo del tiempo no queda nada salvo el cuadro, férreamente sujeto al mobiliario, acompañado en ocasiones de la rueda trasera deshinchada, abollada, rota...
Más adelante, al ver que el número de bicicletas abandonadas era mayor, concluí que había otras historias detrás de estas máquinas. Sin duda son robadas y los ladrones, para completar la faena, no la dejan sin más, si no que la encadenan perfectamente al mobiliario urbano, de forma que quedan expuestas a la rapiña de los aprovechados sin escrúpulos.
Yo, como usuario de bicicleta, me asombra un pequeño detalle: mal está que se robe una bicicleta y peor que sea encadenada para su escarnio..., pero todavía no veo muy claro cómo es posible que todas estas máquina lleven candados y cadenas a disposición del ladrón, y menos que se gasten dinero comprando dichos objetos para abandonarlos a continuación.
Nunca he visto abandonar ninguna de estas bicicletas. No me hago idea de en qué momento del día, o de la noche, aprovechan para dejarlas. Tan sólo en una ocasión vi encadenar una a una farola en una calle peatonal y muy comercial, cerca de mi trabajo. Era un tipo normal y corriente, más joven que viejo. Pasó el candado por el cuadro, la rueda trasera y la farola, encastrada entre dos macetones. Bueno, me dije, así es como las abandonan. No era nada tan misterioso como podía pensar. En los días siguientes, la bicicleta estuvo tal cual fue dejada. Luego, un buen día, desapareció.
De ese modo creí resolver parte del enigma de las bicicletas abandonadas. Sin embargo, al día siguiente volví a ver al joven encadenar la misma bicicleta. Después de todo, me dije, me he equivocado: no era un ladrón, era un inconsciente.
Autor texto: SIMBAD
lunes, 26 de noviembre de 2007
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