Sucede en muchos sitios, pero lo he visto hoy mientras tomaba un café.
Más que verlo lo sentí, justo por el rabillo del ojo, cuando pasaba de una página a otra de 'Las torres del silencio', de Paul Scott. Sentí el mecánico movimiento de una mano autónoma estrujando una servilleta de papel y, deslizándose entre la mesa y la pierna de la desaprensiva, arrojaba la bola al suelo... Levanté la vista para observar a las dos mujeres, una mayor, otra muy joven. Seguían hablando con toda tranquilidad haciendo girar sus cucharillas en las tazas de café. Aparte de los platillos sobre los que descansaban las tazas, un gran cenicero mediaba entre ambas mujeres. No pude menos que preguntarme si esa joven también arrojaba tan descuidadamente su basura en el suelo de su casa. Llegue a la conclusión de que seguramente era más cuidadosa con esos detalles en el hogar, pero inmediatamente surgieron otras preguntas: ¿por qué la gente es tan cochina cuando sale de su casa?, ¿acaso sienten que lo público y, por extensión, lo de los demás es algo que no debe tenerse en cuenta?; ¿acaso cuesta tanto depositar esa bolita de papel en el platillo, o en el cenicero?... Las respuestas son obvias y se resumen en una: la gente no tiene educación, no hace uso de aquella virtud, la urbanidad, que consigue que una persona sea consciente de todos sus actos y actúe en consecuencia. Cuando alguien arroja basura al suelo, cualquiera que sea, demuestra que no está preparado para vivir en una sociedad respetuosa y educada, civilizada, en suma.
Todavía queda mucho que recorrer, pero creo que vamos hacia atrás.
Mankell.
Autor texto: SIMBAD
martes, 20 de noviembre de 2007
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