Salía de casa de mis padres con cierta prisa. Todavía saboreaba el café con el que me habían obsequiado, preguntándome hacía cuánto tiempo que no pasaba una tarde tranquilamente, sin prisas, como hacía antes... Entonces le vi. Pasaba a toda velocidad y al ponerse en rojo el semáforo, frenó la bicicleta, clavándola sobre la línea. El individuo llamaba la atención por su indumentaria: vestido de legionario de arriba a abajo, desde las botas de caña hasta el ros con la borla bailoteando, miraba a su alrededor con cara de enfado. Sólo le faltaba el chivo...
Reconozco que me dio un poco de apuro mirarle, pero los ojos se me iban de la bicicleta al ciclista. Hacía años que no veía a ningún legionario, vestido como tal, por la ciudad, y mucho menos en bicicleta de montaña. En conjunto resultaba gracioso porque la máquina era de una talla menor a la del jinete y tenía un detalle que no es frecuente ver en éste tipo de bicis: una bocina.
Como tenía que pasar relativamente cerca del ciclista, pude ver con claridad el momento en que volvió a ponerse en marcha, algo dificultosamente. Enderezó en dos pedaladas su cuerpo y unos metros más adelante tocó la bocina. El sonido era melindroso, casi sordo, pero el miles lo acompañó de un gesto imperioso dirigido a dos africanos que venían de frente por la otra acera. Los otros se sonrieron con sorna y miraron alejarse al glorioso legionario. Yo también le vi alejarse hasta que giró en la calle siguiente. Un segundo después volvió a escucharse la bocina... Enseguida apareció por la esquina otro africano.
Mankell.
Autor texto: SIMBAD
jueves, 22 de noviembre de 2007
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