jueves, 29 de noviembre de 2007

¿JUSTICIA SOCIAL? (I)

Hoy quiero hablar un poco de la llamada 'justicia social'.

En estos tiempos que corren, en una sociedad occidental, europea y social, nos encontramos con algunos elementos discordantes con el resto de la sociedad. No sé si sabré explicar adecuadamente cuál es el punto de vista que quiero exponer.

Quiero partir de la base de que entiendo que todos los hombres son iguales, que todas las personas tienen derecho a una vida digna y que la sociedad, el estado, las autoridades, han de hacer todo lo posible para que no exista ningún tipo de discriminación. Ahora bien, lo mismo que entiendo que las personas tienen derechos, también tienen obligaciones, y éstas no han de ser menores que los derechos. ¿Qué pretendo decir con esto? Mi intención es aclarar que en la sociedad se ha instalado una suerte de comportamiento, muy generalizado, en el que los individuos quieren tener todos los derechos y pocas o ninguna obligaciones.

Ahora mismo me vienen a la cabeza muchos ejemplos de lo que digo. El caso más claro es el de las ayudas sociales a determinados colectivos, los cuales toman de las administraciones todo tipo de subsidios y ayudas, negándose a salir de la situación en la que se encuentran en ése momento, ya que les sale a cuenta vivir a expensas de la sociedad en una relativa pobreza que luchar por salir de ella. Estos colectivos viven instalados en una cómoda situación. Llevan a sus hijos al colegio los días justos a los que son obligados por la Administración y los sacan en el primer momento en que pueden. Hijos que tienen becas de comedor y de libros, e incluso se les subvenciona la ropa, tan solo por el mero hecho de ser quienes son. En cierto modo, están negando la educación a sus propios hijos y robándole ciudadanos a la sociedad. Los adultos se dedican a sus chanchullos y muchos se niegan a trabajar en los empleos que se les ofrece. Luego se justifican diciendo que nadie les quiere de trabajadores y acusan de xenofobia o racismo a aquellos que les reprochan sus actos, amparándose en una mala conciencia de la sociedad. Tampoco aceptan adaptar sus costumbres y usos a los derechos más elementales de las personas, encerrándose en sí mismos, en sus grupos, en sus familias, negándose a entremezclarse con los demás ciudadanos...

Entonces, si las ayudas sociales son para ayudar a sobrellevar temporalmente una situación difícil, y ésta persiste en el tiempo, pese a los esfuerzos que se realicen por salir de ella, bien está el que se sigan percibiendo; ahora bien, si no se hace nada por salir del pozo, por qué razón debería la sociedad subvencionar a esos colectivos o personas. Entiendo que en esos casos hay que cortar el grifo...

(Continuaré).

Mankell.

Autor texto: SIMBAD

martes, 27 de noviembre de 2007

ATERRIZA DEXTER

Fue mi amigo Rafa quien me habló de la serie en cuestión. Lo hizo como suele hacerlo: se acercó a mi mesa y me preguntó si había visto una nueva serie que se titulaba 'Dexter'. A la mente me vino una serie de dibujos animados cuyo protagonista era un repelente niño sabelotodo que tenía un laboratorio secreto en las entrañas de su casa. Me figuré que no se trataba de esa y le contesté que no, que no sabía de qué serie me hablaba. Me contó que era una serie norteamericana en la que el protagonista, un forense de Miami que trabaja para la policía, también se dedica a asesinar a despreciables miembros de la sociedad cuyos crímenes habían quedado impunes. Creo que me interesó desde ése momento.

Como quien no quiere la cosa, al llegar a casa busqué en la red la serie y me bajé el primer capítulo para ver qué tal era.

Una vez descargado, bastante más tarde, le eché un vistazo. Resultaba interesante ver a un psicópata moviéndose en sociedad, explicando sus movimientos, sus pensamientos... Es curioso, pero en algún lugar leí, que se hacía tan simpático el psicópata, que se deseaba que nunca lo pillaran...

En fin. Supongo que tengo que esperar a ver los siguientes capítulos para comprobar que puede seguir siendo interesante.

Algo a destacar es el actor que encarna a Dexter, que también ha protagonizado 'A dos metros bajo tierra', también en un papel muy peculiar: el director de una funeraria familiar, que es homosexual. En casa tenemos la opinión de que se trata de un excelente actor.

Autor texto: SIMBAD

lunes, 26 de noviembre de 2007

LADRONES DE BICICLETAS

Todo el mundo ha visto alguna vez esas bicicletas de las que voy a hablar. Es un fenómeno que he observado no sólo en mi ciudad, no sólo en España, si no también en otros países europeos por los que he viajado estos últimos años. Son bicicletas de todo tipo: nuevas, viejas, baratas, caras, de paseo, de montaña, trastos enormes, infantiles... Su nexo es que han sido abandonadas a su suerte en cualquier lugar de las ciudades, encadenadas al mobiliario urbano: una farola, una señal de tráfico, un banco, un árbol...

Al principio pensaba que podía tratarse de mala suerte. Uno aparca la bicicleta porque tiene prisa por algo y luego no recuerda que la ha dejado en la calle. Pasan varios días, alguien se da cuenta de que nadie la mueve y en cuestión de días (a veces, muchos días), la máquina va siendo despojada de todo aquello que puede desprenderse sin esfuerzo: ruedas, sillines, sirgas varias, pedales... de forma que al cabo del tiempo no queda nada salvo el cuadro, férreamente sujeto al mobiliario, acompañado en ocasiones de la rueda trasera deshinchada, abollada, rota...

Más adelante, al ver que el número de bicicletas abandonadas era mayor, concluí que había otras historias detrás de estas máquinas. Sin duda son robadas y los ladrones, para completar la faena, no la dejan sin más, si no que la encadenan perfectamente al mobiliario urbano, de forma que quedan expuestas a la rapiña de los aprovechados sin escrúpulos.

Yo, como usuario de bicicleta, me asombra un pequeño detalle: mal está que se robe una bicicleta y peor que sea encadenada para su escarnio..., pero todavía no veo muy claro cómo es posible que todas estas máquina lleven candados y cadenas a disposición del ladrón, y menos que se gasten dinero comprando dichos objetos para abandonarlos a continuación.

Nunca he visto abandonar ninguna de estas bicicletas. No me hago idea de en qué momento del día, o de la noche, aprovechan para dejarlas. Tan sólo en una ocasión vi encadenar una a una farola en una calle peatonal y muy comercial, cerca de mi trabajo. Era un tipo normal y corriente, más joven que viejo. Pasó el candado por el cuadro, la rueda trasera y la farola, encastrada entre dos macetones. Bueno, me dije, así es como las abandonan. No era nada tan misterioso como podía pensar. En los días siguientes, la bicicleta estuvo tal cual fue dejada. Luego, un buen día, desapareció.

De ese modo creí resolver parte del enigma de las bicicletas abandonadas. Sin embargo, al día siguiente volví a ver al joven encadenar la misma bicicleta. Después de todo, me dije, me he equivocado: no era un ladrón, era un inconsciente.

Autor texto: SIMBAD

viernes, 23 de noviembre de 2007

EL COCHE Y LA CIUDAD

No sé los demás, pero yo tengo muy claro que usar el coche en ciudad es un atraso. Son tan numerosos los vehículos que circulan que se hace muy complicado el tránsito de un lugar a otro, amén de la dificultad de encontrar un lugar legal donde aparcar. Es frecuente dar vueltas y más vueltas por las calles aledañas al destino, durante veinte o treinta minutos, antes de que la suerte te sonría (si es que lo hace).

Mi trabajo se encuentra al otro lado de la ciudad. Antes cogía el autobús de la línea 24, pero daba mucha vuelta y solía ir lleno de estudiantes de la Universidad y enfermos que iban al Hospital Clínico, aparte de trabajadores y demás viajeros. Pensé que era mejor coger otra línea de autobús, la 38, con menos pasajeros. El problema era que luego tenía casi diez minutos andando hasta el destino... Probé con las líneas 21 y 32, con esas llegaba bien al trabajo, pero si perdía el autobús adecuado, llegaba mucho más tarde... Estuve muchos meses corriendo de una línea a otra.

Finalmente, pensé que si iba andando tampoco tardaría mucho más que si cogía el autobús. Sólo tenía que imaginarme los puntos negros por los que pasa el tráfico: una, dos, tres rotondas; obras por doquier; ríos de coches; atascos; policías municipales regulando el tráfico... Sí, creo que está muy claro que es preferible ir andando a coger un coche o un bus urbano. El día que hagan el metro será otro asunto, pero creo que para entonces ya me habré jubilado...

Mankell.

Autor texto: SIMBAD

jueves, 22 de noviembre de 2007

EL LEGIONARIO Y LA BOCINA

Salía de casa de mis padres con cierta prisa. Todavía saboreaba el café con el que me habían obsequiado, preguntándome hacía cuánto tiempo que no pasaba una tarde tranquilamente, sin prisas, como hacía antes... Entonces le vi. Pasaba a toda velocidad y al ponerse en rojo el semáforo, frenó la bicicleta, clavándola sobre la línea. El individuo llamaba la atención por su indumentaria: vestido de legionario de arriba a abajo, desde las botas de caña hasta el ros con la borla bailoteando, miraba a su alrededor con cara de enfado. Sólo le faltaba el chivo...

Reconozco que me dio un poco de apuro mirarle, pero los ojos se me iban de la bicicleta al ciclista. Hacía años que no veía a ningún legionario, vestido como tal, por la ciudad, y mucho menos en bicicleta de montaña. En conjunto resultaba gracioso porque la máquina era de una talla menor a la del jinete y tenía un detalle que no es frecuente ver en éste tipo de bicis: una bocina.

Como tenía que pasar relativamente cerca del ciclista, pude ver con claridad el momento en que volvió a ponerse en marcha, algo dificultosamente. Enderezó en dos pedaladas su cuerpo y unos metros más adelante tocó la bocina. El sonido era melindroso, casi sordo, pero el miles lo acompañó de un gesto imperioso dirigido a dos africanos que venían de frente por la otra acera. Los otros se sonrieron con sorna y miraron alejarse al glorioso legionario. Yo también le vi alejarse hasta que giró en la calle siguiente. Un segundo después volvió a escucharse la bocina... Enseguida apareció por la esquina otro africano.

Mankell.

Autor texto: SIMBAD

miércoles, 21 de noviembre de 2007

EL PARTE DEL TIEMPO

Dos compañeros míos acaban de regresar de Madrid. Su viaje ha tenido más de anecdótico que de práctico y así me lo han comentado. Tuvieron que madrugar para tomar el AVE, llegaron a la estación de Atocha a buena hora, y tomaron un taxi para cruzar la ciudad y llegar a tiempo a la reunión a la que habían sido invitados.

Si cruzar Madrid en taxi es una experiencia para quienes vivimos fuera de la capital de España, todavía es más espectacular cuando llueve. Las calles se llenan de automóviles y gente, no hay modo de adelantar ni por avenidas, ni por autopistas, de forma que toda ella se convierte en un inmenso atasco. Tardaron poco más de una hora, pero llegaron tarde...

El día transcurrió bajo la lluvia y por la tarde abandonaron la ciudad sin que cesase.

Hoy por la mañana he escuchado en la radio que por fin han llegado las lluvias, que han sido generalizadas y que en algunos lugares han habido incluso inundaciones... ¡Pues qué bien! Aquí sigue sin llover, a lo sumo unas gotas y gracias. ¿No ocurre con frecuencia que en el momento en que llueve en Madrid es como si hubiera llovido en toda España?... ¿O si hace sol, las temperaturas en el país son de lo más agradable, aunque en otros lugares se esté bajo una capa de hielo?...

Los pronósticos y comentarios del tiempo, cuando los hacen desde una cadena nacional, parece que sólo se dirigen a los espectadores de Madrid. Y digo 'parece', porque seguro que no lo hacen con esa intención, pero ¡vaya si lo hicieran intencionadamente!

Autor texto: SIMBAD

martes, 20 de noviembre de 2007

LA SERVILLETA DE PAPEL

Sucede en muchos sitios, pero lo he visto hoy mientras tomaba un café.

Más que verlo lo sentí, justo por el rabillo del ojo, cuando pasaba de una página a otra de 'Las torres del silencio', de Paul Scott. Sentí el mecánico movimiento de una mano autónoma estrujando una servilleta de papel y, deslizándose entre la mesa y la pierna de la desaprensiva, arrojaba la bola al suelo... Levanté la vista para observar a las dos mujeres, una mayor, otra muy joven. Seguían hablando con toda tranquilidad haciendo girar sus cucharillas en las tazas de café. Aparte de los platillos sobre los que descansaban las tazas, un gran cenicero mediaba entre ambas mujeres. No pude menos que preguntarme si esa joven también arrojaba tan descuidadamente su basura en el suelo de su casa. Llegue a la conclusión de que seguramente era más cuidadosa con esos detalles en el hogar, pero inmediatamente surgieron otras preguntas: ¿por qué la gente es tan cochina cuando sale de su casa?, ¿acaso sienten que lo público y, por extensión, lo de los demás es algo que no debe tenerse en cuenta?; ¿acaso cuesta tanto depositar esa bolita de papel en el platillo, o en el cenicero?... Las respuestas son obvias y se resumen en una: la gente no tiene educación, no hace uso de aquella virtud, la urbanidad, que consigue que una persona sea consciente de todos sus actos y actúe en consecuencia. Cuando alguien arroja basura al suelo, cualquiera que sea, demuestra que no está preparado para vivir en una sociedad respetuosa y educada, civilizada, en suma.

Todavía queda mucho que recorrer, pero creo que vamos hacia atrás.

Mankell.

Autor texto: SIMBAD